viernes, 28 de marzo de 2008

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No, no me fui de vacaciones, no me empaché con un huevo de Pascua, ni me quedé en un cacerolazo en Plaza de Mayo.
Es más simple, estoy sufriendo algo así como el síndrome de la hoja en blanco.
Tengo mil cosas dando vueltas en mi cabeza sin poder traducir nada en palabras. Ni por falta de ganas, ni por falta de tiempo.
Será cuestión de que pase la tormenta.

lunes, 25 de febrero de 2008

Jueves *

Ayer me desperté pensando “hoy almuerzo con uge”, y ya empecé el día contenta.
Los jueves son muy largos últimamente. Como es el único día que trabajo hasta el mediodía, no me queda otra que llegar temprano a la oficina. Y después de la una, liberada de mis responsabilidades laborales, tengo más actividades que en todo el resto de la semana. Incluyendo sábados y domingos. Para que te des una idea: clases de piano, curso de fotografía, facultad, gimnasio, psicóloga y cine. Porque sí: los jueves religiosamente, también voy al cine. Además, entre tantas actividades, imaginate que siendo mi única tarde libre de la semana, también aprovecho algún bachecito para ver una amiga, o tirarme al sol, sea a leer un rato o a tirar un par de fotos.
Decía que ayer empecé el día contenta, me levanté a la misma hora que todos los días de la semana, pero curiosamente llegué al trabajo más temprano. La oficina era la misma cucha de siempre pero yo me sentía más a gusto que de costumbre. Hasta el petróleo que tomamos en lugar de café tenía otro sabor. Y sí, era jueves. Era jueves y la iba a ver a uge.
Una menos diez apague la computadora, ordené la pila de papeles que tengo de inquilinos en mi escritorio y me tomé el tren.

Uge llegó tarde, como de costumbre. El único defecto que tiene mi amiga del alma es su impuntualidad. Al punto que un amigo en común la acusa de usar calendario, en lugar de reloj, claro.

Mientras la esperaba, me pedí una coca y me colgué mirando una pareja de viejitos que, sentados en el mismo bar, esperaban la cuenta. Siempre la gente mayor demandó mi atención. Desde chica que me pasa. Es que soy una convencida de que ven la vida con ojos de experiencia. Debe ser realmente muy groso haber (sobre) vivido 70 años en este mundo tan terrible, y es por eso que les debo todo mi respeto. La cuestión es que esta parejita derrochaba ternura. Estaban tomados de las manos. Esas manos arrugaditas, chiquititas por el paso del tiempo, apoyadas sobre la mesa, entrelazadas, acariciándose despacio, con calma. Y se miraban a los ojos, se reían con esos ojos llenos de expresiones. La moza llegó con la cuenta, el Sr. pagó, ayudó a su esposa (ambos tenían alianzas en sus anulares) a levantarse y se fueron abrazaditos.

Me quedé pensando en eso de un amor para toda la vida (amor que evidentemente se va transformando con el tiempo, pero amor al fin), en lo lindo que es encontrar esa mitad que complementa la existencia, y sobre todo, en lo simple que es, y en lo complicado que lo hacemos nosotros.
Cuando uge llegó, dice haberme visto con una media sonrisa y la vista pedida mirando la calle, a través de la vidriera.
Seguramente, si la misma escena me hubiera tenido de testigo un lunes, o un martes, no la hubiera analizado tanto. Pero era jueves, estaba esperando a uge, y estaba contenta.

* lo escribí el viernes pasado, y desde entonces estoy intentando publicarlo. Blogger se porta muy mal conmigo últimamente.

lunes, 28 de enero de 2008

Lección N° 1- La culpa es mía

Desde chiquitita acarreo esta patología. TODO me da culpa. Cada vez que tengo la posibilidad de elegir algo, en el plano que sea (un novio, un plan de sábado a la noche, una remera en un shopping), la alternativa dejada de lado me carcome la cabeza y me hace sentir culpable, culpable de no haberla elegido.
Es que, me entendés? si en lugar de haberle levantado el pulgar al lindo de J* le daba una oportunidad al dulce de G* seguro no sufría tanto, y mi salud sentimental sería otra. Si en lugar de gastar $98 pesos en esa remera hubiera caminado dos cuadras mas, seguro conseguía otra a un 20% menos. Y si en lugar de haberle regalado mi sábado a la noche a un tololo que no paró de hablar de sí mismo en un lujoso restorán, me hubiera juntado con una amiga a ver una película, la hubiese pasado muchísimo mejor y al menos me hubiera puesto al tanto de sus cosas, “es que hace tanto que no la veo!!!”
Por supuesto que de haber elegido la opción que dejé de lado tendría la misma sensación por haber dejado de lado la opción que en realidad escogí.
Lo cierto es que la culpa me acompaña desde que tengo uso de razón.
Cuando tenía 10 años, lo mejor que me podía pasar era que mi madrina me invite a pasar el verano en su casa. Mis primas me doblaban en edad, me dejaban jugar con sus collares y pinturas, y sobre todo, yo podía estar entre las conversaciones que tenían con sus amigas, me sentía grande entre esas charlas sobre moda, chicos y música.
Pero aunque esos días eran de ensueño, tenía una terrible sensación en el pecho. La culpa, la culpa de haber dejado a mi hermanito (que tiene solo un año menos que yo) en casa. Solo y aburrido. Sus amiguitos de vacaciones, y él solito con mi abuela. Me sentía tan malvada que hasta lloraba cuando me iba a dormir. Por eso un verano decidí quedarme en casa. No lo iba a dejar solo otra vez. Y no sirvió de nada, porque me sentía culpable por no haber aceptado la invitación de mi madrina. La sensación en el pecho ya tenía otra razón para existir.
A medida que fui creciendo, la situación no cambió. La culpa siempre está ahí.
Si te contesto mal, me siento la peor persona del mundo, si en cambio me contengo y omito decirte las barbaridades que me salen de la boca a borbotones, me siento culpable por no haber sido yo misma.
Si me invitás y no tengo ganas de ir, una de dos: o me encuentro en tu auto sintiéndome culpable por hacer las cosas “por compromiso” o me quedo en mi casa con la sensación de “de última salía un rato en lugar de quedarme como siempre entre estas cuatro paredes.”
Disconformismo? Conchudez femenina? Esquizofrenia? Gataflorismo?
No lo sé. Cómo saberlo. El día que me conozca a mí misma voy a ser la dueña del planeta. Mientras tanto sobrevivo. Como puedo. Sentadita en un cordón, tomando fanta con pajita, viendo un atardecer uruguayo y reflexionando.
Porque viste que en vacaciones todo te llama a reflexión. Desde el porqué y para qué de la humanidad hasta la cantidad de cucharadas de azúcar que le ponés a un café.
Yo y mi culpa, mi culpa y yo. La culpa ahí, la culpa siempre, la culpa toda, la culpa- culpa. Después de todo, la culpa es mía, eso nadie lo duda.
Y el sol se ponía, y la brisita de mar me erizaba la piel, y Juan me dijo:
“En la Insoportable levedad del ser hablan de que somos infelices porque nuestra vida es lineal y no se repite, entonces al tomar una decisión descartamos otra que no podremos recuperar. Pero ¿y si logramos retroceder para tomar la otra decisión y comprobar qué habría sucedido para así no quedarnos con dudas? ¿Conseguiríamos quitarnos el peso de la lluvia en los zapatos?”
No sé, le contesté, pero por las dudas creo que de ahora en más voy a ir por la vida descalza. Después te cuento que se siente
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viernes, 18 de enero de 2008

De vuelta en casa

Es duro volver a Buenos Aires después de más de dos semanas de descanso y reflexión.
Me fui a recibir el nuevo año a mi país natal, con viejos amigos y hermanos del alma que, a pesar de que los años pasan, nunca dejan de llenarme de energía y enseñarme cosas sobre la vida.
Así es que con el corazón contento y la esperanza de que todo lo que me traje no se me esfume en dos semanas de rutina, estoy de vuelta en casa.
Tengo tanto que contar que no sé por donde empezar, así que me voy a dar el lujo de tomarme un tiempo para ver que principio elijo, como dice mi amigo Juan, tiempo es lo que me sobra.

lunes, 24 de diciembre de 2007

din don dan!

Todos sabemos que estos días vienen muy cargados de encuentros, cenas, y sobre todo brindis que te dejan poco tiempo, un poco de dolor de cabeza y el hígado a la miseria, pero que lindos que son che!
En fin, no quería dejar de pasar por acá para dejar unas palabras:

Este blog les desea que pasen una linda navidad, y que tengan un 2008 de puta madre.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Malos recuerdos

Anoche, mientras charlaba con una amiga, el subconsciente me jugó una muy mala pasada. No me pregunten si fue la cerveza, la charla interminable, el recorrido mental que hicimos de tantas anécdotas de nuestra adolescencia. No sé. Pero en un determinado momento, miré la pared rosada que separa el living de mi cuarto y ahí estaba él. Intacto, recordándome que no se fue nunca, que siempre estuvo ahí, que vuelve cada vez que quiere para invadirme con esa sensación de “no puedo más con esto”. Maldito recuerdo, que juega conmigo como yo lo hacía con las muñequitas de trapo que me regalaba mi abuela.
Yo ya lo conozco, sé que es solo por un ratito, que puedo dejarlo a un lado. Después sigo con “mi vida normal” (si puede llamarse normal mi vida) y lo hago desaparecer. Entonces lo tapo, lo escondo en algún lado, hasta que el desgraciado se las rebusca para salir a la luz otra vez. Y así todo el tiempo, como el cuento de la buena pipa.
Si pudiera matarlo, si existiera algo que pudiera hacer para sacarlo de donde sea que se aloje, sin dudas ya lo hubiera hecho. Porque me hace mal, porque me lastima, porque como me dijeron una vez, "la mierda ocupa lugar, que debería ser llenado con otras cosas".

martes, 4 de diciembre de 2007

¿por qué?

Los estados de ánimo son todo un misterio.
Así como ocurre con el triángulo de las bermudas, el efecto placebo y el motivo por el cual se contagian los bostezos, no hay explicación racional que despeje el interrogante existencial de los cambios de humor. Sobre todo cuando de mujeres se trata. Ni hablar si hay cuestiones hormonales -mensuales- de por medio.
¿Cual es la razón que explica que mi euforia descomunal se vuelva angustia en menos de dos minutos? Las primeras veces que me pasó, sentí que tenía un problema serio, pero después, a poco de entender que es un mal de esta era, me dije “mal de muchos, consuelo de tontos”, ya está, nos pasa a todos, que voy a hacer, resignarme y ya. Vivir con eso. Esperar a que un día milagrosamente llegue a tener un estado de felicidad completa, sin altibajos, sin ciclotimia, sin fin.
Mientras tanto, pasan por mi vida esos días en los que no me soporto ni yo, en los que me canso de mí y me mandaría a mudar a mi misma. Un divorcio de mi propia persona, tan imposible como confortante.
Pero no es el objetivo de este post describir mi bipolaridad, sino buscarle el porqué.
Cuál es el bendito motivo por el que cada vez que algo me pone contenta o me hace feliz, aparece inmediatamente una preocupación, angustia o dolor?
Será el simple hecho de ser mujer?
Será aburrimiento?
Será la no complacencia?
Será miedo? Miedo de disfrutar las cosas que me pasan?
Es hormonal?
Es patológico?
Es tan normal como yo creo?

No pienso conformarme como si esto se tratara de la maldición de Tutankamón, el caso Roswell o los Ovnis de Aurora, aunque tengo la certeza de que se trata de un misterio más, exijo una explicación!!